
BAHIA, 19 agosto, 2026 (Xinhua) -- Un investigador dispara un dardo a una ballena jorobada para recolectar material genético frente a la isla Santa Bárbara, en el archipiélago de Abrolhos, en Caravelas, en el estado de Bahía, Brasil, el 19 de agosto de 2026. Situado a unos 70 kilómetros de la costa, en el litoral sur del estado de Bahía, el archipiélago de Abrolhos alberga una extraordinaria biodiversidad marina, con formaciones coralinas únicas, conocidas como "chapeirões", exclusivas de esta región, y es además uno de los principales santuarios de reproducción de las ballenas jorobadas en el Atlántico Sur. (Xinhua/Lucio Tavora)
Por Pau Ramírez
ABROLHOS, Brasil, 19 ago (Xinhua) -- El archipiélago de Abrolhos, ubicado en el litoral sur del estado de Bahía, en el noreste de Brasil, es uno de los sitios que albergan una extraordinaria biodiversidad marina, siendo uno de los principales santuarios de reproducción de las ballenas jorobadas en el Atlántico Sur.
Situado a unos 70 kilómetros de la costa, el sitio cuenta con cinco pequeñas islas, de las cuales solo una está habitada por un grupo de cuatro especialistas en conservación y siete militares de la Marina dedicados a proteger el lugar, que en 1983 fue declarado como el primer Parque Nacional Marino de Brasil.
Allí, lejos del ruido de las ciudades y de la rutina de la costa brasileña, los habitantes comparten un aislamiento de hasta cuatro meses marcado por el sonido del mar y la presencia constante de la naturaleza.
"Es el paraíso (...) Todos los días uno viene aquí, mira el mar y ve especies de animales", resaltó en diálogo con Xinhua Uderlan Vasconcelos, tercer sargento de la Marina de Brasil y farolero en la isla de Santa Bárbara, la mayor y única habitada del archipiélago.
El trabajo del militar, de 32 años, está ligado a una tradición que parece resistir al paso del tiempo y la automatización: Cada tarde, con la puesta del sol, enciende el faro de Abrolhos y, al amanecer, vuelve a apagarlo.
Inaugurado en 1861, durante el Gobierno de Pedro II, el faro continúa desempeñando una función esencial para la seguridad de la navegación en una región históricamente marcada por naufragios, con un alcance nominal de 51 millas náuticas, equivalentes a 94 kilómetros.
Según la tradición, la propia denominación del archipiélago está vinculada a los peligros de estas aguas, ya que el nombre derivaría de la expresión portuguesa "abre os olhos" (abre los ojos), una advertencia entre navegantes ante los numerosos arrecifes y naufragios de la región.
"Esta es una región donde hubo muchos naufragios. Si no existiera el faro, con certeza el índice sería mucho más elevado", subrayó Vasconcelos.
El faro, de hierro fundido y revestido internamente de madera, conserva desde su inauguración una lente de dos toneladas procedente de Francia, que gira sobre un sistema instalado sobre una cuba de mercurio. Para garantizar su funcionamiento, la isla dispone de tres generadores que se alternan.
Durante meses, los militares destinados a la isla de Santa Bárbara, de 32 hectáreas, permanecen alejados de la vida urbana y de sus familias, lo cual significa una de las partes más difíciles de la experiencia, aunque el aislamiento es también lo que convierte al lugar en algo excepcional, contó Vasconcelos.
"Uno desconecta del ambiente de la ciudad grande (...) Aquí no hay estrés, no hay la correría del día a día, el tránsito, la violencia", resaltó el farolero.
A su alrededor, los animales, entre atobás y demás aves marinas, parecen haberse acostumbrado a la presencia humana, ya que la convivencia con la naturaleza es también el centro del trabajo de los equipos responsables de proteger el parque.
"Ellos ya saben que esa persona no les va a hacer nada", comentó Vasconcelos.
Entre las actividades de los habitantes de la isla está la de recibir a los visitantes autorizados y explicarles las características del archipiélago, sus especies y las reglas que deben respetarse, como la de no recoger piedras ni conchas, no arrojar residuos al agua ni alterar el ambiente.
"Lo único que llevamos son buenas fotos y buenos recuerdos", resumió Berna, una de las responsables de las actividades de visita y monitoreo del parque.
En esa línea, el trabajo incluye recorridos guiados, censos y anillamiento de aves, además del monitoreo de diferentes especies y actividades de investigación, en tanto que la pesca está prohibida en el área protegida como parte de la estrategia de conservación y recuperación de las poblaciones marinas.
En las islas las aves dominan el paisaje terrestre, mientras que bajo el agua el escenario cambia por completo: las formaciones coralinas únicas, conocidas como chapeirões, exclusivas de esta región, sirven de hábitat para una gran diversidad de especies.
"Tenemos una diversidad inmensa de aves, tortugas y peces", resaltó Berna.
Entre junio y octubre, la llegada de las ballenas jorobadas añade otra dimensión a este rincón del Atlántico y atrae a un mayor número de visitantes. Sin embargo, el turismo está sometido a reglas estrictas y las visitas son guiadas para reducir el impacto sobre un ecosistema particularmente sensible.
Para quienes viven y trabajan temporalmente en Abrolhos, la belleza del lugar no puede separarse de la responsabilidad de protegerlo.
Y mientras el farolero cumple cada día una tarea heredada de otra época y los equipos del parque vigilan aves, corales y ballenas, el lugar conserva algo cada vez más difícil de encontrar: un espacio donde la presencia humana todavía debe aprender a convivir con la naturaleza sin imponerle su ritmo.
"Tenemos que estar agradecidos por este privilegio", expresó Vasconcelos, mientras que a su alrededor el mar continúa golpeando las rocas y, cuando vuelve a caer la noche, la luz del faro se enciende de nuevo sobre las aguas de Abrolhos.











