BRASILIA, 10 jul (Xinhua) -- El gobierno de Brasil
reclama que los países industrializados salden su deuda histórica con el
planeta asumiendo una mayor responsabilidad en el combate al cambio
climático.
Esto permitiría un acuerdo amplio en la 15
Conferencia de las Partes de la Convención del Clima (COP 15), a
realizarse en Copenhague, Dinamarca, en diciembre próximo.
La posición oficial brasileña, que exige compromisos
inmediatos y efectivos de los países ricos, viene siendo expresada desde
fines del año pasado en diversos artículos y documentos, y fue reafirmada
en la cumbre de L'Aquila, Italia, donde los líderes mundiales
discutieron sus puntos de vista sobre la crisis climática.
Como resaltó el presidente Luiz Inácio Lula da Silva
tras lanzar en septiembre de 2008 el Plan Nacional contra el Cambio
Climático, las propuestas defendidas por Brasil en materia de reducción de
emisiones continuarán pautándose por el principio de
responsabilidades comunes, pero diferenciadas entre países
desarrollados y en desarrollo.
"Sabemos que la cantidad de emisiones globales
provenientes de países en desarrollo aumentará en el futuro, fruto del
propio crecimiento. Sin embargo, en nombre de la equidad en el esfuerzo
global, los países ricos precisan tomar la delantera", subrayó .
El presidente resaltó en diversas oportunidades que,
después de todo, el calentamiento global es el resultado de una
acumulación histórica de emisiones generadas por los países de
industrialización antigua.
"Estudios científicos comprueban que el aumento
medio de temperatura global desde la era preindustrial resulta
mayoritariamente de emisiones a lo largo de décadas de actividad
industrial", afirmó.
Los países desarrollados son los principales
detentores de los recursos financieros y tecnológicos necesarios para la
mitigación del cambio del clima, dijo.
"Los esfuerzos de los países desarrollados precisan
ser más ambiciosos, pero no es ese el mensaje que estamos escuchando.
Considerando las metas de mitigación establecidas en el Protocolo de
Kyoto, estamos frente a un cuadro preocupante", agregó.
Varios países revelan una trayectoria de emisión
francamente incompatible con los compromisos asumidos, y las obligaciones
de ofrecer auxilio financiero y tecnológico a los países en desarrollo
no están siendo cumplidas.
"La amenaza para muchos pobres es la de reducir
emisiones por medio de la suspensión o desaceleración de sus esfuerzos de
reducción de la pobreza. Es inadmisible pretender que países en
desarrollo renuncien a sus aspiraciones de bienestar en nombre de la
preservación de patrones insustentables de consumo", consideró.
Brasil reclama, además, que opciones con gran
potencial de mitigación, como el uso de biocombustibles, son limitadas por
restricciones de carácter proteccionista o por la divulgación de
informaciones distorsionadas sobre la relación entre producción de
alimentos y de biocombustibles.
El país sudamericano logró, con su tecnología de
avanzada y sus condiciones geográficas favorables para la producción de
combustibles renovables, hacer que 46 por ciento de su energía sea
limpia (basada en hidroelectricidad y biomasa) contra un nivel
global de apenas 13 por ciento.
Gracias al uso de etanol de caña de azúcar, que las
autoridades aseguran no implica ningún riesgo para la producción de
alimentos, Brasil evitó emitir 644 millones de toneladas de carbono en los
últimos 30 años
El país sudamericano es el cuarto mayor emisor
mundial de gases que provocan el efecto invernadero, y la deforestación
provoca 75 por ciento de sus emisiones.
La lucha contra la deforestación es el concepto
central de Plan Nacional de Acción contra el Cambio Climático, que define
una reducción de 72 por ciento en la deforestación ilegal en la Amazonia
para 2018, lo que Brasil expone como el principal compromiso asumido
para hacer su parte en el esfuerzo mundial.
Según el gobierno, la experiencia brasileña muestra
cómo los países en desarrollo pueden contribuir con la lucha contra el
cambio climático a nivel mundial.
"El incentivo para actuar es claro, dado que los
países más pobres ya están sufriendo más duramente las perturbaciones
climáticas en gran parte causadas por patrones de producción y
consumo en los países más ricos", señaló el presidente Da Silva en
un artículo divulgado en marzo.
"Sin embargo, esto no debe servir como una nueva
excusa para que los países industrializados ricos eludan sus
responsabilidades fundamentales. Sería el insulto a la injuria, si se
espera que los países en desarrollo paguen el costo de revertir estas
peligrosas tendencias", enfatizó.
En L'Aquila, los líderes del G-8 manifestaron en un
comunicado que su objetivo es reducir 80 por sus emisiones de gases
contaminantes hacia 2050, y que el mundo en su conjunto debería
hacerlo en 50 por ciento.
Los negociadores brasileños del área medioambiental
dijeron en respuesta que la meta del G-8 "no tiene ninguna credibilidad"
ni puede ser aceptada si no hay una meta intermedia para 2020, lo que
debe ser la principal exigencia del país sudamericano a las naciones
ricas para llegar a un acuerdo en Copenhagen.
El G-8 siempre ha estado bajo los reflectores
desde que fue fundado en 1975. Su predecesor, el Grupo de los Siete,
había dominado durante mucho tiempo la economía mundial antes de la
década de los 90 y tenía una voz importante en los asuntos políticos y
de seguridad mundiales.