XINING, 10 abr (Xinhua) -- El desarrollo económico
ha cambiado el estilo de vida de los ciudadanos, pero no ha impedido
a una gran parte de los tibetanos del suroeste de China conservar
sus tradiciones.
Sentado en una alfombra, el monje Jigme Tenphel
esculpe una representación de Buda en piedra. "He estado trabajando en la
estatua de Padmasambhava durante medio año, y todavía necesito
dos meses para terminarla", dijo.
Jigme vive en el monasterio de Derdon, en la
prefectura autónoma tibetana de Huangnan, muy conocido por un muro de 200
metros con pilas de piedras en las que están talladas sutras
budistas.
El monje aprendió el arte de la talla a los seis
años instruido por su maestro, Gonpo Tseten. "Ahora mi maestro es
mayor y su vista ha empeorado", por lo que ahora es Jigme el que
mantiene este arte que forma parte del patrimonio cultural chino.
Jigme abandonó la Academia Budista de Sichuan
(suroeste) en 2001, tras haber estudiado durante seis años esta tradición
artística. "Debo transmitir los conocimientos de mi maestro a las
generaciones más jóvenes", sostuvo.
Al hacer girar la rueda de la oración con su mano
derecha, Dalog, de 62 años de edad, canta versos budistas, mientras da
vueltas a un montículo de piedras mani (que tienen plegarias
tibetanas talladas en su superficie). El anciano pastor visita el
montículo Jiana de la aldea de Xinzhai, de la prefectura autónoma
tibetana de Yushu, en la provincia noroccidental de Qinghai, para
orar cada primavera. Recorre a pie los 400 kilómetros que separan
este lugar de la aldea de Madoi, donde vive.
El montículo Jiana es el más grande de su tipo en el
mundo. En los últimos tres siglos, ha crecido hasta tener 2,5 metros de
altura y 283 metros de longitud, con unos 2.500 millones de
piedras.
Los budistas locales cuando rezan al Buda utilizan
las piedras mani, grabadas con el mantra universal Om Mani Padme
Hum.
Dalog comenta a Xinhua que "girar la rueda de la
oración traquiliza mi mente", dijo. Además, subraya que antes "sufría
dolores de estómago, artritis y dolores de cabeza", pero la
peregrinación ha aliviado estos síntomas.
Algunos jóvenes también hacen peregrinaciones, al
igual que Kunga Drolma, de 23 años, quien trabaja en una tienda en el
poblado de Jyegu, a unos tres kilómetros de la aldea de Xinzhai.
"Girar la rueda de la oración me refresca después de
un día de trabajo", dijo la joven, quien añadió que "incluso si estoy
aburrida y enfadada, esta actividad puede relajarme".
Dalog tenía otros propósitos para su
oradores. "Espero que el lugar santo pueda curar mis enfermedades, y
podamos disfrutar de una buena cosecha este año".