Por Iñaki Preciado Idoeta*
MADRID, 19 mar (Xinhua) -- El gobierno tibetano en
el exilio afirma que en el Tíbet no hay verdadera libertad religiosa. Se
trata de una afirmación totalmente gratuita, que carece del menor
fundamento.
Los monjes y monjas tibetanos gozan de total y
completa libertad para realizar todo tipo de actividades religiosas.
Lo que no les está permitido por la ley es
involucrarse, directa o indirectamente, en actividades políticas
secesionistas.
Actualmente, el número de monjes y monjas en las
regiones tibetanas es elevadísimo, y ningun país de Occidente cuenta entre
su población con una cifra proporcional tan alta de religiosos.
Por poner un ejemplo, es como si en España hubiese
más de un millón de religiosos. En las regiones de Kham y Amdo,
concretamente en las provincias de Sichuan, Yunnan, Qinghai y Gansu, no
existe limitación al número de monjes.
En el distrito de Serta, de la región de Ganzi,
visité hace años una universidad monástica ñingmapa donde vivían hasta
8.000 monjes y monjas, y conozco o me han hablado los mismos monjes de
bastantes monasterios con 2.000 y 3.000 monjes.
En la actualidad se encuentran activos más de 2.000
monasterios, y los monjes se desplazan con libertad de un monasterio a
otro, como peregrinos o para recibir enseñanzas de algún maestro.
La situación ha cambiado a partir del año pasado por
razones fáciles de entender, pero aun así, en estos últimos meses he
podido comprobar que los monjes en la región de Kham se desplazan como
antes, con la única diferencia de tener que registrarse, a veces, al
igual que los seglares (tibetanos, han y extranjeros), en algún
control de policía.
Aunque algunos monjes bonpos y ñingmapas trabajan
junto con sus familias en ciertas épocas del año, la mayor parte de los
monjes vive a expensas de sus familias o de las donaciones de los fieles.
En Kham hay monasterios y monjes que tienen pequeñas
tiendas (regalos, comestibles, ropa), y no sólo en el recinto del
monasterio, sino también en las ciudades vecinas.
En la Región Autónoma del Tíbet (RAT), las
autoridades han adoptado medidas que limitan el número de monjes.
Así, por ejemplo, el monasterio de Drepung, en las
afueras de Lhasa, llegó a albergar hasta 10.000 monjes, y ahora no se
permite que sú numero sobrepase los 1.000.
Además, desde 1998 no se autoriza la entrada en el
monasterio hasta no haber acabado la enseñanza obligatoria, hacia los 15
años.
En cambio, en todas las demás zonas tibetanas tales
restricciones no existen, y en todos los monasterios se puede oír el
griterío de los niños-monjes (algunos de 7 u 8 años) que llenan las
escuelas monásticas.
Los monasterios son el 90 por ciento budistas, el
resto bonpos. También hay una importante comunidad musulmana (algunos
viviendo en el Tíbet desde hace varias generaciones) con sus mezquitas.
Y no faltan pequeñas comunidades cristianas, con sus
iglesias, católicas y protestantes.
Lo único que vigilan las autoridades sobre estas
últimas es que no vuelvan a servir de vehículo para la penetración
política y cultural de Occidente, como ocurrió en el siglo XIX y XX en la
China feudal y semicolonial de entonces. Aunque a menudo se cuelan sus
misioneros, a través de ONGs y otras organizaciones de ayuda
supuestamente humanitaria.
El peligro que amenaza al budismo tibetano, y que
sorprendentemente parecen ignorar algunos grandes lamas, viene
precisamente de Occidente.
En Ladak, que es una parte del Tíbet ocupada por
India (aunque de esto nada dice el Dalai Lama), se han multiplicado en los
últimos años las conversiones de los jóvenes tibetanos al cristianismo.
Ello es debido al pertinaz y eficiente proselitismo
de los misioneros, sobre todo evangelistas.
Para un joven tibetano, deslumbrado por Occidente y
sobre todo por Estados Unidos, hacerse cristiano significa toda una serie
de ventajas, empezando por las económicas.
Para terminar, una última consideración: He llegado
a pensar que cuando el gobierno tibetano en el exilio afirma que en el
Tíbet no hay verdadera libertad religiosa, lo que busca con ello no es
sólo justificar los planteamientos políticos radicales del gobierno del
Dalai Lama, sino también tener un pretexto para permanecer en el
exilio.
Los grandes lamas, empezando por el Dalai Lama,
viven en un exilio dorado, en condiciones materiales infinitamente mejores
que las que tienen que soportar los grandes lamas que han preferido
mantenerse junto a su pueblo, en los monasterios remotos, donde las
condiciones de vida son a veces durísmas, como he podido comprobar
por mí mismo.
"¿Dónde está vuestro rinpoche (huofo, buda
viviente)?", pregunté una vez a unos tibetanos nómadas del distrito de
Dege, en Kham.
"Vive desde hace años en Canadá", me respondieron,
"alguna vez viene a vernos y nos trae dinero, pero sólo está unos días y
en seguida se marcha".
Para los tibetanos, los rinpoches son como padres, y
cuando un rinpoche se marcha al exilio, es como el padre que abandona a su
familia.
Un día le pregunté al rinpoche del monasterio
ñingmapa (hongjiao) de Shechin, en ese mismo distrito de Dege: ¿"Por qué
no se ha ido al extranjero, como han hecho otros rinpoches?, a lo que me
respondió: " No me he ido ni me iré, porque sé que el rinpoche que va al
extranjero cambia".
No hace falta decir que el cambio al que se refería
era "cambiar a peor". Igual que el rinpoche de Shechin, son muchos los
rinpoches que han decidido seguir con su gente, no abandonarla, pues sus
actividades religiosas no encuentran el menor obstáculo por parte de
las autoridades.
La gran mayoría de los rinpoches bonpos están en el interior. Son
esos grandes lamas los que merecen el mayor de
los respetos.
*Iñaki Preciado Idoeta es español, doctor en
Filosofía, traductor y tibetólogo.