La presidenta argentina, Cristina Fernández, interviene en una conferencia de prensa en Buenos Aires el 22 de diciembre de 2008. Fernández anunció el lunes varias medidas para estimular la producción y exportación agrícola, como la reducción a la mitad de los impuestos a la exportación de frutas y hortalizas. (Martín Zabala/Xinhua)

     Por Ricardo T. Rivas 

     BUENOS AIRES, 23 dic (Xinhua) -- La presidenta de Argentina,  Cristina Fernández, comenzará 2009 su segundo año de gobierno, de un  mandato de cuatro, con la incógnita de tener que encarar una  elección parlamentaria que no se presenta sencilla, y la duda acerca  de cómo evolucionará la economía de cara a la crisis financiera  global. 

     A ello se suma, en su mochila de mandataria, cargar con uno de  los más graves sentimientos sociales, como lo es la falta de  confianza, que no será fácil de revertir porque, en Argentina, no  son demasiadas las certezas. 

     Esa divergencia analítica entre la percepción de los mandatarios  y el resto de la sociedad, sin embargo, es casi una constante  histórica.  

     Pocos le creían al ex presidente Carlos Menem (1989-1999), cuando  allá por los años 90 del siglo pasado afirmaba: "Estamos mal, pero  vamos bien". 

     El ex jefe de Estado, Eduardo Duhalde (2002-2003), desataba  sonrisas socarronas cuando aseguraba que "los argentinos, estamos  condenados al éxito".  

     Los Kirchner también tienen sus frases. Antes, Néstor Carlos, el  ex presidente (2003-2007) y actual primer caballero y, ahora, su  esposa, Cristina Fernández, afirman: "No necesitamos plan B", porque  "funciona bien nuestro modelo de acumulación productiva". 

     Néstor, por si fuera poco, desde el 10 de diciembre de 2007,  cuando entregó el mando a su esposa, aseguró que no intervendría en  asuntos de gobierno porque, a partir de entonces, comenzaba "el  tiempo de Cristina" y, no trepidó en señalar con humor: "Pondré un  café literario". 

     No sólo que no ha cumplido con ninguna de esas afirmaciones -en  broma y en serio- sino que, por sus acciones -visibles o no-  socialmente se lo percibe por encima de la jefa de Estado.  

     La académica Beatriz Sarlo, recientemente, abordó el tema y  expresó que, por tales actitudes, considera que -ante la sociedad-  "es como si el Gobierno argentino tuviera una agencia de difusión y  propaganda donde trabaja la presidenta, y un centro de decisiones  dirigido por el ex presidente, a cuyo alrededor giran su esposa (y),  dos o tres ministros". 

     LA INCREDULIDAD SOCIAL AVANZA 

     Los aumentos en los precios, que una mayoría de los argentinos  percibe, según el gubernamental Instituto Nacional de Estadística y  Censos (INDEC), mes a mes, nunca llega al punto porcentual. 

     Las reservas internacionales, en el Banco Central (BCRA), según  los informes oficiales, "siguen en aumento" pero, desde marzo 2008,  cuando alcanzaron aquel récord de 50.425 millones de dólares, fueron  hacia abajo, nunca superaron aquella cifra y, sobre el fin del año,  no superan los 46.500 millones de dólares.  

     La inseguridad ciudadana, con el lamentable saldo negativo de  asesinatos, robos, secuestros, heridos, tampoco existe en la  estadística oficial ya que -a la vista de los funcionarios- se trata  sólo de una sensación que construyen los medios. 

     Sin embargo, una de las más prestigiosas consultoras que  investiga cuestiones de opinión pública -Poliarquía- en la primera  semana de diciembre, reportó que, para los argentinos, el "principal  problema del país", es "la inseguridad" (33 por ciento). 

     Asimismo, cuando a los consultados se les hace la misma pregunta  para indagarlo en forma individual, un 25 por ciento, también apunta  a la falta de seguridad. 

     En Argentina, también hay un creciente sentimiento de "mal estado  de ánimo social" porque, además de aquellas acciones que hacen que  se perciba como insegura la cotidianidad ciudadana, los cuatro  "problemas" que le siguen a aquel, son "la clase dirigente", "el  desempleo", "los problemas económicos" y "la inflación", en ese  orden. 

     Ninguno de ellos son reportados por las estadísticas oficiales  que, por el contrario, sólo divulgan buenas noticias en línea con  "la mejor calidad de vida e institucional", que pregona con  insistencia la presidenta Fernández. 

     Pese a tales esfuerzos comunicacionales gubernamentales, sólo el  22 por ciento de esta sociedad cree que en 2009, la situación  "mejorará", en tanto que el 35 por ciento estima que "seguirá igual"  y, el 40 por ciento, que "empeorará".  

     LAS ELECCIONES PARLAMENTARIAS 

     Con este panorama interno, Fernández deberá sortear, en octubre  2009, el escollo que habrá de significar para su gestión, las  elecciones de medio tiempo con las que se renovarán parcialmente las  cámaras legislativas en los órdenes nacional, provinciales y  municipales.  

     Tanto los encuestadores contratados formalmente por la  Presidencia argentina como aquellos consultores en opinión pública  que no están en esa condición, señalan las dificultades presentes y  las analizan como dilema para la mandataria y Néstor Kirchner, el  real hacedor de las políticas que Fernández aplica.  

     Sin embargo, ni los unos ni los otros arriesgan un pronóstico en  el que presenten a los Kirchner como eventuales derrotados porque,  aún en la adversidad de los últimos diez meses, conservan la  iniciativa y, con debilidad, el centro de la arena política.  

     Ricardo Rouvier, sociólogo, quien desde hace algunas semanas  asesora al matrimonio presidencial en cuestiones de imagen y  comunicación, aseguró a Xinhua que "por el momento, pero en forma  muy provisoria, las encuestas muestran que el gobierno puede ganar  las elecciones del 2009, aunque con menos votos de los que obtuvo en  las legislativas del 2005". 

     Rouvier, con cautela, no arriesga ni pone en juego en sus  reflexiones el eventual resultado comicial venidero a partir del  obtenido en las presidenciales de 2007, cuando Cristina Fernández  obtuvo poco menos del 45 por ciento de los votos emitidos. 

     El analista señala, sin embargo, que un eventual triunfo del  oficialismo, más que a méritos gubernamentales, si se produjera, se  apoyará "principalmente, en la división de la oposición."