Por Ricardo T. Rivas
BUENOS AIRES, 26 mar (Xinhua) -- La crisis estalló
una vez más en las manos de los gobernantes argentinos que,
inesperadamente, vieron como las calles eran ganadas por ciudadanos sin
más armas que sus cacerolas que hacían sonar con fuerza para ser
escuchados.
Desde los días 19, 20 y 30 de diciembre de 2001
-cuando los ex presidentes Fernando de la Rúa, primero, y Adolfo Rodríguez
Saá, después, fueron aplastados por el derrumbe de sus gobiernos-,
ninguna otra rebelión había alcanzado la profundidad que se verificó
en la tarde última.
Luego de 13 días de huelga de los productores
agropecuarios, colonos y ruralistas que rechazan desde entonces un
incremento que llevó hasta el 44 por ciento del valor de sus operaciones
externas los pagos que deben hacer en concepto de derechos de exportación
(retenciones), un discurso presidencial desató furias y pasiones.
Cristina Fernández, desde el Salón Blanco de la Casa
Rosada (sede del gobierno federal), acusó a los huelguistas de ser
"piqueteros de la abundancia" económica y, desde ese lugar, advirtió: "No
me voy a someter a ninguna extorsión".
Su palabra e impronta gestual, enfáticas
-"agresiva", según numerosos observadores- operó como un catalizador que
en lugar de aislar a los demandantes como lo procuraba, inició el
estallido que nadie esperaba, especialmente, en las calles de esta
capital, y aisló a la mandataria.
Miles de hombres, mujeres y niños se lanzaron a las
calles hasta alcanzar la histórica Plaza de Mayo donde dieron rienda
suelta a sus quejas y reproches.
Las gruesas paredes de la Casa Rosada, desde 2001
separadas para siempre de la sociedad argentina con enormes rejas, no
fueron suficientes, sin embargo, para que las voces enardecidas no fueran
escuchadas.
La realidad de la protestas, por primera vez, llegó
con claridad hasta los oídos de la presidenta Fernández y sus principales
colaboradores.
Los habitantes de la ciudad, generalmente sordos a
la palabra del campo a la vez que ignorantes de la realidad rural, habían
dejado sus hogares para apoyar a colonos y campesinos en sus reclamos
contrarios a las retenciones.
El gobierno y la mandataria Fernández aparecieron en
estado de orfandad de apoyos. Sólo dos gobernadores, Jorge Capitanich, del
Chaco, y Sergio Uribarri, de Entre Ríos, la acompañaron en el
momento que expresó las palabras de la discordia.
Tampoco estaba a su lado el secretario general de la
Confederación General del Trabajo (CGT), Hugo Moyano -también líder
del Sindicato de Camioneros- para acompañarla.
En cambio, sí pareció hacerlo esa entidad sindical a
través de Pablo Moyano, hijo del anterior, que como secretario adjunto del
gremio, intentó durante los pasados domingo y lunes poner fin a los
cortes de rutas de los ruralistas.
El conflicto con el campo argentino es grave debido
a que trasciende los límites internos porque, si bien comienza y se
desarrolla aquí, alcanza con sus efectos no deseados hasta China.
Ese país es principal comprador de los productos
agropecuarios que en las últimas dos semanas no se han comercializado por
la huelga de productores a los que el Gobierno podría, en las próximas
horas, prohibirles exportar.
Cristina Fernández, aunque ninguna fuente oficial
autorizó ser identificada para admitir lo obvio, conoció el sabor amargo
de la soledad que le produjo la incomprensión popular.
Atrapado por su propio discurso, el Gobierno no pudo
ordenar a las fuerzas policiales que dispersaran a los manifestantes que
se agruparon en más de 400 puntos viales, pueblos, plazas y ciudades,
en todo el país.
Desde el 25 de mayo de 2003, cuando el ahora primer
caballero Néstor Kirchner asumió la presidencia, manifestantes de toda
extracción -sin que nada ni nadie lo impidiera- canalizaron sus
reclamos al pasado y al presente, impidiendo la libre circulación
vial y no sólo en el plano doméstico.
El propio Kirchner, 22 de los 24 gobernadores
provinciales y la totalidad del Gabinete, dos años atrás, en Gualechaychú,
provincia de Entre Ríos, legitimaron esa forma de protesta cuando se
sumaron a los piquetes ambientales que impiden la libre circulación por
los pasos fronterizos que unen a Argentina con Uruguay.
Ni siquiera es anomia el padecimiento social en
Argentina porque, a no dudarlo, las normas están, aunque se
incumplan.
De allí que no son pocos los informantes de Xinhua
que aseguran que organizaciones sociales aliadas al gobierno, "piqueteros
oficialistas", asumieron la responsabilidad de que los manifestantes
dejaran de expresarse en la Plaza de Mayo, en la cara de los
poderosos, porque así se lo solicitaron las máximas autoridades
nacionales. Fin