En Estados
Unidos, los abusos de poder por parte de los departamentos judiciales y
policiales han dado lugar a graves violaciones de las libertades y los
derechos de sus ciudadanos.
Los casos en los que las autoridades encargadas de
la aplicación de la ley vulneraron los derechos civiles de las
víctimas aumentaron en un 25% desde el año fiscal 2001 a 2007
respecto a los siete años anteriores, según estadísticas del
Departamento de Justicia de Estados Unidos (Police Brutality Cases up
25%; Union Worried Over Dip in Hiring Standards, USA Today, 18 de
diciembre de 2007). El promedio nacional de quejas de ciudadanos por
abusos perpetrados por los departamentos policiales es de 9,5 por cada 100
funcionarios de plantilla (The New York Times, 14 de noviembre de 2007).
Sin embargo, la mayoría de los oficiales encargados de la aplicación de la
ley que habían sido acusados de brutalidad policial no fueron finalmente
procesados. Desde mayo de 2001 a junio de 2006, un total de 2.451 agentes
policiales de Chicago recibieron entre 4 y 10 quejas cada uno y 662
de ellos afrontaron más de 10 reclamaciones, pero sólo 22 fueron
sancionados. Además, algunos agentes llegaron a acumular más de 50
demandas por abuso policial pero nunca se les aplicó ninguna medida
disciplinaria (The Chicago Police Department's Broken System, Universidad
de Chicago, http://www.law.chicago.edu). El 17 de agosto de 2006, una
residente de 52 años de edad de Chicago llamada Dolores Robare estuvo a
punto de ser atropellada por un coche de policía que se desplazaba a gran
velocidad cuando ella cruzaba la calle. Los agentes la obligaron a
detenerse y le exigieron que mostrara su tarjeta de identificación. Cuando
les preguntó por qué estaban tardando tanto en comprobarla, fue
brutalmente golpeada por los polícías (The Chicago Tribune, 1 de
mayo de 2007). El 15 de diciembre de 2006, cuatro hombres de
negocios fueron apaleados en un bar por seis agentes policiales
fuera de servicio sin ninguna razón aparente (The Chicago Tribune, 9
de junio de 2007). El 3 de agoso, un ciudadano afroamericano de 42 años de
edad, Geffrey Johnson, fue asesinado en su casa por la policía con un
Taser (arma que realiza descargas eléctricas). El 6 de agosto, un joven
negro de 18 años, Aaron Harrison, fue disparado por la espalda por un
policía que le perseguía y murió como consecuencia de las heridas (The
Chicago Tribune, 9 de agosto de 2007). El 1 de mayo cuando inmigrantes
latinoamericanos participaban en una campaña por la defensa de los
derechos de los inmigrantes ilegales en el Parque MacArthur en el centro
de Los Angeles, varios agentes policiales aporrearon en un abuso de
poder tanto a manifestantes como a periodistas, y les dispararon con
balas de goma (The Los Angeles Times, 9 de octubre de 2007). El 12 de
noviembre, cinco agentes del orden realizaron 20 disparos de bala contra
un joven de 18 años, Khiel Coppin, de los que ocho alcanzaron su cuerpo,
frente a su vivienda, después de confundir un peine que tenía en la mano
con una pistola (The China Press, Nueva York,19 de noviembre de 2007). De
acuerdo con un informe publicado en octubre de 2007 por el Departamento de
Justicia de Estados Unidos, en 47 estados y el Distrito de Columbia, 2.002
personas fallecieron durante el proceso de arresto desde 2003 a
2005, entre ellos, 1.095, o el 55 por ciento, resultaron muertos por
disparos de policías locales o estatales (Death in Custody Statistical
Tables, Departamento de Justicia de Estados Unidos,
http://www.ojp.usdoj.gov/bjs).
Estados Unidos cuenta con el mayor número de presos
en el mundo y tiene la tasa más alta en la proporción presos-población del
planeta. El 5 de diciembre de 2007, un reportaje de la agencia de
noticias española EFE citó estadísticas del Departamento de Justicia
de Estados Unidos que mostraban que el número de reclusos en las cárceles
del país norteamericano aumentó en un 500% durante los últimos 30 años. A
finales de 2006, había 2,26 millones de internos en las prisiones de
Estados Unidos, un incremento del 2,8% respecto al año anterior. Esta
cantidad es la más alta de los últimos seis años. La población del país
norteamericano sólo suponía el 5% de la del planeta, pero su población
presa representaba el 25% del total mundial. Había 751 reclusos por
cada 100.000 ciudadanos estadounidenses, muy por encima de las tasas
de otros países occidentales (EFE, 5 de diciembre de 2007). El 96%
de los presidiarios estaba cumpliendo penas de más de un año, lo que
suponía que casi uno por cada 200 ciudadano estadounidenses estaban
cumpliendo este tipo de sentencias (Prisoners In 2006, Departamento de
Justicia de Estados Unidos, http://www.ofp.usdoj. gob/bjs). Desde los
ataques del 11 de septiembre, la tasa de reencarcelamiento ha venido
creciendo en Estados Unidos. Según las estadísticas, cerca de dos tercios
de la población presa cometerían un segundo delito en un período de tres
años después de su puesta en libertad. Dos de cada tres presos volverían a
ser detenidos después de haber conseguido su libertad y el 40% de
ellos entraría en la cárcel de nuevo.
Los abusos en las prisiones estadounidenses son
también corrientes. De acuerdo con un informe publicado por el
Departamento de Justicia de Estados Unidos en diciembre de 2007, un
número estimado de 60.500 reclusos, o el 4,5% de los presos en cárceles
estatales y federales, sufrieron uno o más ataques sexuales. El 2,9%
informó haber sufrido incidentes en los que había estado involucrado el
personal de las instalaciones penitenciarias, mientras el 0,5% afirmó
haber sido atacado sexualmente por otros presos y por el personal
penitenciario, y el 0,8% resultó herido como resultado de agresiones
sexuales (Sexual Victimization in the State and Federal Prisons Reported
by Inmates, Departamento de Justicia de Estados Unidos,
http://www.ojp.usdoj. gov/bjs). El gobierno de Estados Unidos reconoció en
un informe publicado el 16 de enero de 2007 que inmigrantes ilegales
sospechosos fueron maltratados en cinco prisiones, lo que supone una
violación del principio de custodia humanitaria (The Washington Post, 17
de enero de 2007). The Washington Post publicó el 17 de diciembre de 2007
que jóvenes encarcelados en una prisión juvenil de West Texas fueron
agredidos sexualmente o apaleados y se les negó el acceso a tratamiento
médico. A quienes informaron sobre el crimen se les aplicó una dura
venganza, y la situación no había mejorado meses después de que el
escándalo fuera revelado ( Dad Dismissed Prison Reform, The Washington
Times, 17 de diciembre de 2007). En enero de 2008, siete presos de la
cárcel del estado de Georgia presentaron una demanda colectiva en la que
acusaban a los guardias y otros funcionarios del centro de haber cometido
abusos y torturas contra ellos entre octubre de 2005 y agosto de
2007, incluyendo prácticas tales como golpearles con bastones
policiales y "guantes de pelea" especiales de piel negra, y hacer
chocar sus cabezas contra la pared. Las informaciones de los medios
de comunicación indicaban que cerca de 40 encarcelados en las prisiones de
Georgia habían presentado quejas por casos similares, en los cuales los
guardias presuntamente ataban a los presos desnudos a camas o sillas de
hierro, negándoles el acceso a comida, agua o baño durante un período de
hasta 48 horas, y provocando la muerte de dos presos (International Herald
Tribune, 8 de enero de 2008). Los guardias en las prisiones de Estados
Unidos usan regularmente pistolas Taser. De acuerdo con un informe de
2007 de Amnistía Internacional, 230 ciudadanos estadounidenses murieron
por el uso de este tipo de armas desde 2001. En julio de 2006, una prisión
en el condado de Garfield, Colorado, fue acusada de utilizar regularmente
estas pistolas o pulverizadores de pimienta contra los presos, y de
atarles después a sillas en posturas extrañas durante varias horas. En
agosto, un preso llamado Raul Gallegos-Reyes fue amarrado a una silla por
los guardias de la cárcel del condado de Arapahoe de Colorado por
gritar y golpear la puerta de su celda. Murió después de haber sido
atacado repetidamente por los guardias con un Taser.
Los prisioneros estadounidenses mueren con
frecuencia de la infección de VIH/SIDA o una inadecuada atención médica.
Un informe dado a conocer por el Departamento de Justicia de Estados Unidos
en septiembre de 2007 señalaba que había 22.480 encarcelados en
prisiones estatales y federales que eran portadores del VIH o
enfermos confirmados de SIDA a finales de 2005, entre ellos un total
de 5.620 presos se confirmó que habían desarrollado la enfermedad del
SIDA. Durante 2005, un número estimado de 176 reclusos estatales y 27
federales murieron por causas relacionadas con SIDA (HIV in Prisons 2005,
Departamento de Justicia de Estados Unidos, http://www.ojp.usdoj/bjs). De
acuerdo con una información de Los Angeles Times del 20 de septiembre de
2007, se registraron 426 casos de muerte en las prisiones de Cailfornia en
2006 debido a un tratamiento médico tardío. De ellos, 18 fallecimientos
fueron considerados como "evitables" y otros 48 como "posiblemente
evitables". El 14 de abril de 2007, un recluso diabético de 41 años
de edad, Rodolfo Ramos, murió después de haber sido abandonado solo y
cubierto por sus propias heces durante una semana. Los funcionarios de la
prisión no le proporcionaron tratamiento médico pese a conocer su
condición (AP, 27 de abril de 2007).
La justicia del sistema judicial de Estados Unidos
está cada vez más en entredicho. Varios estudios muestran que desde la
primera exoneración por ADN en 1989, ha habido 209 casos en los que
se ha podido demostrar la inocencia de presos en el país norteamericano
por estas pruebas. El promedio de duración del tiempo que han servido
estos presos exonerados en cárcel es de 12 años. La edad media en el
momento de su condena era de 26 años, y 15 de los exonerados a través de
pruebas de ADN pasaron un tiempo en la fila de la muerte (Facts on
Post-Conviction DNA Exonerations, Innocence Project,
http://www.innocentproject.com). La agencia AP informó el 3 de enero de
2008 que Charles Chatman de Texas fue probado inocente por ls prueba de
ADN después de haber pasado 26 años en prisión. En 1981, había sido
sentenciado a 99 años de cárcel después de ser declarado culpable de haber
cometido graves ataques sexuales. Fue el decimoquinto preso exonerado por
la prueba de ADN en Dalas desde 2001 (Texas Man Exonerated by DNA
After 26 Years, AP, 3 de enero de 2008).
