MANAGUA, 4 jun (Xinhua) -- Todo está
listo para que la campaña electoral nicaragüense arranque formalmente: las
cuatro alianzas electorales han escogido cuidadosamente a los candidatos
con mayor impacto sobre el electorado.
Esta vez los nicaragüenses tendrán la oportunidad de
escoger entre dos opciones sandinistas y dos liberales. Las elecciones
generales se realizarán el día 5 de noviembre de este año.
Los contendientes saben que la lucha será feroz,
tanto que las organizaciones partidistas han procurado escoger con sumo
cuidado a los aspirantes a vicepresidentes que, por primera vez, no serán
simples figuras decorativas.
En una disputa caracterizada por el énfasis en los
personajes y no en las propuestas programáticas, la escogencia de los
candidatos a la vicepresidencia parece resultar clave y determinante a la
hora de causar un efecto intenso sobre los votantes.
No se trata de candidatos accesorios, pero sí muy
complementarios. No fueron escogidos por imagen, por sus apellidos o
alcurnia, y algunos son caras completamente nuevas en la política
nacional.
Uno de los iconos del papel de "los compañeros" de
fórmula presidenciales es, quizás, el caso del diputado Jaime Morales
Carazo, escogido para acompañar al ex presidente Daniel Ortega, por la
alianza Unidad Nicaragua Triunfa.
Morales Carazo, biznieto de un ex presidente de
Nicaragua y hermano de un banquero sumamente influyente, fue cabecilla de
las fuerzas que combatieron al gobierno sandinista en la década de los
años 80, liderado por Daniel Ortega.
Como jefe negociador de la "contra", Morales pactó
con Ortega los acuerdos de paz de Sapoá, que permitieron la
desmovilización de las fuerzas de tarea de la "contra" y la conclusión de
la guerra que asoló el país durante casi dos décadas.
Ortega no sólo intenta ganar la confianza del voto
de miles de campesinos que se unieron a la contrarrevolución contra su
gobierno, sino que, sobre todo, busca proyectar un gesto de reconciliación
y unidad entre los nicaragüenses.
En tanto, la Alianza Liberal Nicaragüense-Partido
Conservador (ALN- PC), que encabeza el banquero Eduardo Montealegre, el
preferido de Washington, seleccionó a un empresario productor, Fabricio
Cajina, en un claro interés por atraer el voto campesino.
El voto del sector rural ha sido clave y fuente de
poder del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), controlado por el ex
presidente Arnoldo Alemán Lacayo, fuerza que ahora intenta atraer el
liberal disidente, Eduardo Montealegre.
Cajina, campechano en su forma de ser, es un
ingeniero químico industrial poco conocido en el entarimado político
nicaragüense. Amante de la agricultura y la vida de campo, fue alcalde de
un humilde pueblo llamado San José de los Remates.
De hablar sencillo y tímido, Cajina parece ser un
hombre de fácil acercamiento a la gente común y corriente, dice ser
"hombre de palabra y enemigo del engaño y la corrupción".
Por su parte José Rizo, del PLC, escogió como
coequipero al académico José Antonio Alvarado, quien ocupó tres
ministerios en el gobierno de Arnoldo Alemán y fue ministro de Salud del
actual gobierno del presidente de Nicaragua, Enrique Bolaños.
Con la escogencia de Alvarado, Rizo intenta
consolidar y compactar el mayoritario, pero deteriorado, voto liberal,
atomizado por los desaciertos y actos de corrupción del ex presidente
Alemán.
Alvarado es uno de los artífices del resurgimiento
del PLC y les da confianza a los liberales que aún se aferran a la figura
de Alemán, pero también representa al liberalismo disidente que se unió
al presidente Bolaños "en la lucha contra la corrupción".
Desde la Alianza por la República (APRE), un
proyecto político del presidente Bolaños, Alvarado forjó un fuerte
liderazgo que lo ha proyectado como el "liberalismo de manos limpias", que
tomó distancia de la depredación de los recursos públicos.
Herty Lewites, del Movimiento Renovador Sandinista
(MRS), ex alcalde de la capital, expulsado del FSLN por disputarle la
candidatura presidencial a Ortega, escogió como compañero de campaña
a Edmundo Jarquín Calderón un ex funcionario del BID.
Jarquín, considerado "mano fuerte" del ex presidente
del Banco Interamericano de Desarrollo, Enrique Iglesias, fue embajador
del gobierno de Nicaragua, en la década de los 80, en México y
España.
Casado con una hija de la ex presidenta Violeta
Chamorro, la nominación de Jarquín intenta apaciguar el nerviosismo y
ganar la confianza del capital nacional y extranjero que, aunque en
público no vetan a Ortega, en privado recuerdan sus desmanes del
pasado.
La fórmula Lewites-Jarquín busca proyectarse como la
verdadera alternativa electoral ante un "orteguismo confrontativo que pone
en riesgo la gobernabilidad y la estabilidad nacional".
Dado el panorama anterior, es obvio que la campaña
electoral nicaragüense será agitada e intensa. Los contrincantes no se
darán tregua y, posiblemente, la campaña sucia será inevitable, aunque
desde ahora todos la repudian.
Resulta obvio que la contienda que concluye el 5 de
noviembre próximo en las urnas se torna compleja y muy distante de la
polarización que caracterizó las últimas campañas que llevaron al
poder a Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y a Enrique Bolaños.
La ausencia de polarización política quizás estaría
indicando que entre los nicaragüenses prevalece el hastío por los
políticos tradicionales y los planteamientos impetuosos.
Las ofertas tradicionales parecen quedar en el
olvido ante votantes que ahora exigen planteamientos serios, plataformas
de gobierno incluyentes, balanceadas, razonables y, sobre todo, en
favor de los intereses nacionales, no de cúpulas. Fin