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La equivocación brasileña de optar por el gas boliviano
  08.05.2006 Actualizado a las 09:52:50
 

     RIO DE JANEIRO, 7 may (Xinhua) -- La decisión de los últimos  gobiernos brasileños en favor del uso intensivo del gas natural  boliviano necesitó pocos años para revelarse equivocada, y ha sido  puesta en jaque por la reciente nacionalización. 

     El anuncio del presidente boliviano Evo Morales de reestatizar el  control de los hidrocarburos de su país, además de representar el  cumplimiento de una promesa preelectoral, pone en manos de su  gobierno la facultad de decidir sobre los nuevos precios del  producto. 

     Las grandes reservas de gas natural en el sur de Bolivia,  descubiertas por varias multinacionales petroleras en la década de  1980, tenía como único mercado posible Argentina, que hasta 1992 fue  la principal compradora de ese combustible. 

     Pero al alcanzar la autosuficiencia y llegar a su fin el contrato  de importación de gas boliviano, Argentina dejó de comprar y las  multinacionales quedaron sin saber qué hacer con sus enormes  reservas de gas natural. 

     Fue entonces cuando el presidente brasileño Fernando Collor de  Mello (1990-92) aceptó firmar un acuerdo para la construcción del  gasoducto Bolivia-Brasil, que abriría un nuevo mercado para el  combustible del país andino. 

     Al principio, el costo de la obra, que atravesaría el continente  en el sentido ecuatorial, sería cubierto en su mayoría por las  grandes empresas petroleras. Sin embargo, durante los gobiernos de  Itamar Franco (1992-94) y Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), los  gastos fueron asumidos crecientemente por Brasil. 

     Paralelamente a su construcción, la empresa petrolera estatal  Petrobras fue asumiendo un creciente papel en Bolivia, donde terminó  por encontrar nuevas y considerables reservas de gas y asumió el  control de las dos mayores refinerías del país vecino. 

     Cuando el gasoducto empezó a funcionar, en 1999, Brasil importaba  apenas seis millones de metros cúbicos diarios de gas, volumen que  se duplicó tres años después, porque no había un mercado brasileño  para ese combustible. 

     Por lo tanto, fue necesario que Petrobras convenciera a los  industriales brasileños de la conveniencia de utilizarlo para  sustituir el gasoil y otros combustibles más caros, y ofreciera  garantías de suministro en el futuro. 

     Hasta entonces, el gas boliviano resultaba enormemente caro, pues  los acuerdos entre los dos gobiernos establecían que Brasil pagaría  un mínimo de 20 millones de metros cúbicos diarios, aunque en  realidad utilizara la mitad de ese volumen. 

     Con la ampliación del mercado brasileño ese inconveniente  desapareció, y se llegó a la situación actual en que se importan 26  millones de metros cúbicos por día para un consumo nacional de 42 a  45 millones de metros. 

     En las nuevas condiciones, la industria de Sao Paulo, el  principal centro industrial del país, consume 75 por ciento de gas  boliviano contra 25 por ciento de gas nacional. 

     En los estados del sur de Brasil esa proporción llega a 100 por  ciento. 

     La nacionalización decretada por Evo Morales y la decisión de  aumentar los precios del gas ponen a esas industrias ante la  alternativa de encontrar rápidamente otra fuente de energía o asumir  el aumento de sus costos debido al encarecimiento del combustible. 

     Es verdad que Brasil cuenta con reservas importantes de gas  natural -sólo la cuenca de Santos tiene reservas de 419.000 millones  de metros cúbicos-, pero su plena producción sólo será posible  alrededor de 2015. 

     La actual producción de la cuenca de Campos sólo es capaz de  abastecer al estado de Río de Janeiro y muy parcialmente al noreste  de Brasil, en particular el estado de Bahía. 

     También hay mucho gas en la Amazonia, pero no hay como traerlo a  la región consumidora. 

     Brasil se volvió rehén del gas boliviano, y tendrá que sacrificar  el amor propio nacional para obtener un acuerdo con el gobierno de  Morales, que por lo menos le asegure el abastecimiento, así sea por  un precio mayor. Fin