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Litang, un oasis entre Chengdu y el Tíbet
  05.01.2005 Actualizado a las 15:31:20
 

 

 

 

 

 

Vista impresionante de la lamasería de Litang.

Un amigo me habló una vez de la vieja ciudad de Litang y me la describió como el "primer peldaño de la escalera hacia el techo del mundo". Situada en la prefectura autónoma tibetana de Ganzi, en el lejano oeste de la provincia de Sichuan, Litang posee un fuerte sabor fronterizo, con casas semejantes a fortalezas y calles llenas de nómadas ataviados con una espada de plata en la cintura.

Cada mes de julio, Litang celebra un festival de caballos de renombre, lo que lo convierte en uno de los lugares más importantes entre Chengdu, capital de la provincia de Sichuan, y Lhasa, capital del Tíbet.

Sin embargo, yo llegué aquí en busca de la tranquilidad de una de las zonas turísticas más remotas de China. Aquí no hay aeropuerto, con lo que se tarda, al menos, dos días en llegar en autobús desde la ciudad más cercana.

Afortunadamente, el paisaje es muy bello, con lo que sentí que había viajado en el tiempo a través de diversas estaciones, pues pasé de valles verdes a montañas otoñales rojas y amarillas antes de alcanzar la planicie seca y árida del Tíbet.

Aquí es donde se encuentra Litang, a una altitud de 3.900 metros sobre el nivel del mar. Cuando la carretera giró en un recodo, pude ver una panorámica de la ciudad camuflada perfectamente en el paisaje. Muchas casas están hechas con piedra marrón que se mezclan con el entorno del lugar. Sólo la decoración de las ventanas sobresale, marcando un festival de verdes, rojos, amarillos y azules envueltos entre banderas de rezos que cuelgan de las calles principales.

Litang es también un lugar donde las nuevas tecnologías, como Internet, han sido introducidas recientemente, y donde la tracción ecuestre es aún normal. El resultado es una increíble mezcla de tradiciones ancestrales y de modernidad.

Una monja de Litang pasa delante de un muro pintado con mantras budistas.
Ver caballos pastando libres cerca de las praderas de Litang es algo muy común.

Como un visitante foráneo que era, me quedó sorprendido al descubrir un lugar aislado del mundo, pero que a la vez estaba lleno de vida. Las calles de Litang están siempre llenas, con nómadas vestidos con abrigos hechos con lana de yak, para quienes la ciudad es un centro de abastecimiento muy importante y un lugar de socialización.

Como si de un oasis se tratara, sirve para dar calor humano a una zona deshabitada en la planicie tibetana. Tras caminar unos minutos fuera de la ciudad, me encontré a mí mismo en un vasto campo donde no crecían árboles.

Me sentí como si estuviera en el techo del mundo, con un paisaje repleto de montañas con picos nevados todo el año que llegaban tan lejos como mi vista era capaz de alcanzar.

El cielo me pareció más azul y profundo, incluso mis pulmones parecían encogerse. Incluso el menor esfuerzo aceleraba mi ritmo y mi respiración. Comencé a sentir la falta de oxígeno.

Tan pronto como desapareció el sol tras las nubes bajas, la temperatura descendió y un viento frío me hizo recordar la altitud a la que me hallaba.

 

 

 

ArUn arco iris aparece tras una casa típica de Litang decorada con ventanas de colores.

Desde aquí pude ver varias stupas tibetanas y un muro rojo a lo alto de la ciudad. Se trataba de la antigua lamasería de Litang, construida tras la visita del IV Dalai Lama hace más de cuatrocientos años y ahora hogar de un millar de monjes. Cuando iba subiendo hacia la lamasería, me encontré con muchos campesinos que intentaban traspasar la barrera del idioma y conversar conmigo. Familias enteras trabajaban en la recolección del trigo. Grupos de niños alegres corrían y jugaban de un lado para el otro, mientras los rostros amables de los mayores me saludaban con un encantador tashidelek, el saludo tradicional tibetano.

Cada vez hay más gente a la que le gusta pasear en bicicleta por la carretera entre Chengdu y Lhasa, deporte que se ha convertido en popular en los últimos años.   Un empleado trabaja en un cable eléctrico en Litang.   Banderas de los rezos en una estupa tibetana. Si se las lleva el viento, bendecirán los campos de la planicie.

Pronto se hizo de noche, momento en el que los lugareños se reúnen en los puestos de comida callejeros que hay en el centro de la ciudad. Personas de otras etnias y tibetanos se concentran alrededor de barbacoas y comparten carne asada antes de entrar en un bar para ver las últimas películas filmadas en Lhasa. Cuando me encontraba sentado con mis nuevos amigos y degustando un té caliente, me di cuenta que la ciudad de Litang es el lugar ideal para reunirse y disfrutar de un entorno bello, único y de una buena compañía. 

 
 FormEn el centro de Litang hay una estatua tibetana.   Retrato de una mujer tibetana con la tradicional rueda de los rezos, objeto en cuyo interior hay un rollo de papel con mantras tibetanos.
Escrito por Zhang Tao y Wang Qixiu Fotografías de Xia Juxian y Guo Yan Corrección de estilo por J. Vicente Castelló (China Revista Ilustrada)