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(Multimedia) Especial: Una noche mexicana para celebrar el amor más allá de la muerte

spanish.news.cn| 2026-11-06 05:37:30|
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Personas mantienen una vigilia junto a las tumbas de sus seres queridos en un cementerio durante las celebraciones del Día de Muertos, en Santa María Atzompa, en el estado de Oaxaca, México, en las primeras horas del 1 de noviembre de 2026. (Xinhua/Li Muzi) 

Por Wu Meng

OAXACA, México, 5 nov (Xinhua) -- A sus 60 años, Antonio Carranza conoce de memoria cada rincón del panteón de Santa María Atzompa, en el estado de Oaxaca, en el sur de México, donde está sepultada su madre.

La víspera del Día de Muertos, en una rutina que repite desde hace 11 años, regresó a la necrópolis para pasar la noche junto a la tumba de la madre.

Con dos grandes ramos de cempasúchil entre los brazos, Carranza avanzó por los estrechos senderos del cementerio hasta llegar al lugar donde descansa la mujer.

Para Carranza, la velada nunca es lo suficientemente larga, pues es la única ocasión del año en que siente que puede "reencontrarse" con la madre, aunque solo fuera por unas horas.

"Seguro que ahora está en casa bailando", comentó sonriente al evocar a aquella mujer alegre y extrovertida, de voz potente, cuya presencia llenaba de risas las reuniones familiares.

La nostalgia asomó por un instante cuando añadió: "Ahora solo quedo yo...".

El hombre bebió un sorbo de mezcal y volvió a sonreír. "Pero mientras yo la recuerde, ella nunca se habrá ido", agregó.

Como Carranza, cientos de familias acuden cada año a los cementerios mexicanos para compartir con los difuntos una de las noches más significativas de la cultura del país.

Personas mantienen una vigilia junto a las tumbas de sus seres queridos en un cementerio durante las celebraciones del Día de Muertos, en Santa María Atzompa, en el estado de Oaxaca, México, en las primeras horas del 1 de noviembre de 2026. (Xinhua/Li Muzi)

El Día de Muertos, que se celebra el 1 y 2 de noviembre, transforma la ausencia en una ocasión para el reencuentro y el recuerdo, en una festividad que combina las antiguas tradiciones indígenas de veneración a los antepasados con las celebraciones católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos.

En la cosmovisión de los pueblos originarios de México, la muerte no supone el fin de la existencia, sino el tránsito del alma hacia otra etapa, concepción que explica en buena medida el carácter singular de la festividad donde los hogares y cementerios se llenan de música, aromas, comida y risas para recibir a quienes, según la tradición, regresan por unas horas al mundo de los vivos.

En el panteón de Santa María Atzompa, la celebración se desplegó en todo su esplendor.

El naranja intenso del cempasúchil, las crestas de gallo y las gladiolas cubrían las tumbas con una explosión de colores, mientras cientos de velas blancas iluminaban los senderos y creaban un ambiente cálido en medio de la noche.

De acuerdo con la creencia popular, el color y el aroma del cempasúchil guían a las almas hasta los hogares, y la luz de las velas les señala el camino de regreso.

Bajo ese resplandor, las familias convirtieron las sepulturas en espacios de convivencia, donde unos compartían recuerdos y anécdotas alrededor de las lápidas; otros permanecían en silencio frente a las fotografías de los seres queridos.

También había quienes llevaban tortillas y atole para compartir durante la velada, mientras los niños jugaban despreocupados por los pasillos del cementerio y los adultos procuraban mantener encendidas las velas, atentos a que ninguna llama se apagara.

Cada ofrenda reflejaba la historia de una familia y la forma particular en que mantienen vivo el recuerdo de los seres queridos.

En la tumba de Fernanda, una niña de 9 años, había globos, un oso panda de peluche y pequeños automóviles de juguete.

"Gracias hija mía por haber estado a nuestro lado por dejarnos bellos recuerdos, porque cerrados nuestros ojos te veremos...", decía el epitafio.

Cerca de allí, la sepultura de Carlos, fallecido a los 97 años, estaba decorada con papel picado y cintas de colores.

En la lápida, los familiares dejaron un mensaje: "Nos quisiste con tanta fuerza y bondad que tu amor estará por siempre grabado en nuestra alma".

Vista aérea tomada con un dron de personas manteniendo una vigilia junto a las tumbas de sus seres queridos en un cementerio durante las celebraciones del Día de Muertos, en Santa María Atzompa, en el estado de Oaxaca, México, en las primeras horas del 1 de noviembre de 2026. (Xinhua/Li Muzi) 

La costumbre de pasar la noche en el cementerio también sigue vigente entre los más jóvenes, por eso eran cerca de las tres de la madrugada cuando Michelle, de 16 años, y tres de sus primos se sentaban alrededor a la tumba del abuelo.

Con los rostros pintados de calaveras y adornos florales de vivos colores en la cabeza, los cuatro conversaban y reían mientras compartían unas cervezas.

"Crecimos con nuestro abuelo y esta noche nos quedamos para venir a recibirlo. Más tarde, cuando avance la madrugada, vamos a la fiesta con nuestros amigos", explicó Michelle.

Aunque reconoció que muchos jóvenes prefieren vivir estas fechas como una ocasión para divertirse, ella y sus primos quisieron conservar la tradición familiar de velar al abuelo.

"Es una forma de recordar a nuestros seres queridos, pero también de mantener viva una parte de nuestra identidad como mexicanos", afirmó.

La bienvenida a los difuntos no se limita a los cementerios, pues en los días previos a la festividad, los altares ocupan un lugar central en la vida cotidiana de México al instalarse en viviendas, comercios y espacios públicos, decorados con fotografías, veladoras, flores, frutas, pan de muerto, calaveritas de azúcar y copal.

Junto a esos elementos suelen colocarse alimentos y objetos que fueron del agrado de quienes fallecieron, con la intención de hacerles sentir que han regresado a casa.

Carranza también conserva esa costumbre como una forma de prolongar el vínculo con su madre.

Recordó que ella comenzaba a preparar los ingredientes con una semana de antelación para elaborar mole, uno de los platillos emblemáticos de Oaxaca.

Ahora es él quien mantiene viva esa tradición y coloca cada año en el altar familiar el mole y el chocolate que tanto le gustaban a ella.

Una mujer mantiene una vigilia junto a la tumba de su ser querido en un cementerio durante las celebraciones del Día de Muertos, en Santa María Atzompa, en el estado de Oaxaca, México, en las primeras horas del 1 de noviembre de 2026. (Xinhua/Xu Yongzheng) 

En la celebración, los recuerdos adquieren una dimensión tangible: están en los sabores que se comparten, las flores que adornan las tumbas, las historias que pasan de una generación a otra y las velas que las familias mantienen encendidas hasta el amanecer.

El poeta mexicano Octavio Paz, ganador del Premio Nobel de Literatura, abordó la profunda relación entre ambas dimensiones de la existencia en el ensayo "El laberinto de la soledad".

"El culto a la vida, si de verdad es profundo y total, es también culto a la muerte. Ambas son inseparables", escribió Paz.

En México, la celebración del Día de Muertos expresa precisamente esa manera de entender la vida y la muerte como partes inseparables de una misma experiencia.

En medio de flores, música y encuentros familiares, los mexicanos encuentran una forma de mantener cerca a quienes se han ido y de recordar que el amor sobrevive a la ausencia.

Los recuerdos y el cariño que dejaron los difuntos se convierten así en una razón más para vivir intensamente cada día. 

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