Por Manuel Reyes-Jara
En el debate público actual sobre cables submarinos suele dominar la geopolítica. Sin embargo, para un hospital, una minera o un puerto automatizado, la discusión no es ideológica, sino matemática y muy concreta. Se mide en milisegundos, en terabits por segundo (Tbps) y en porcentajes de disponibilidad. Es en ese terreno técnico, no en el diplomático, donde se define el verdadero impacto de un enlace digital directo entre Chile y Asia.
La ilusión contemporánea es que la información "viaja por el aire". Las constelaciones satelitales han ampliado la cobertura y democratizado el acceso en zonas remotas. Pero cuando se trata de sostener economías completas, el 99 por ciento del tráfico global de datos sigue circulando por cables de fibra óptica que cruzan los océanos. Son invisibles, pero constituyen la infraestructura crítica del siglo XXI.
La diferencia no es solo de velocidad, sino de escala y estabilidad. Un sistema satelital de órbita baja puede ofrecer latencias típicas de 25 a 60 milisegundos en tierra y velocidades de decenas o cientos de megabits por segundo (Mbps) por usuario. Es ideal para conectar una escuela rural o una obra aislada. Sin embargo, una economía digital no se sostiene sobre conexiones individuales, sino sobre flujos masivos y simultáneos de datos industriales, financieros y científicos. Es en ese ámbito donde la fibra submarina resulta insustituible, con capacidades que se miden en terabits por segundo.
Para un director de Tecnología (CIO), el debate no es "satélite versus cable", sino "capacidad y resiliencia". Las redes 5G, la inteligencia artificial y el Internet de las Cosas (IoT) están provocando un crecimiento explosivo del tráfico. Informes internacionales proyectan que el tráfico móvil global superará los 280 exabytes mensuales hacia 2030, con la 5G concentrando cerca del 80 por ciento de ese volumen.
Además, la IA generativa ya muestra un patrón distinto: mientras el tráfico móvil tradicional es aproximadamente 90 por ciento descarga y 10 por ciento subida, las aplicaciones de IA elevan el componente de subida a cerca de un 25 por ciento. Esto significa más datos saliendo hacia la nube para ser procesados, no solo contenido bajando hacia el usuario.
En Chile, esta transformación tiene rostro concreto. Una mina moderna puede generar terabytes diarios a partir de sensores, sistemas de telemetría y video de alta definición. Una sola cámara 4K destinada a vigilancia u operación inteligente puede demandar entre 15 y 25 Mbps de manera continua. Multiplicado por cientos de dispositivos en un puerto o una planta industrial, el volumen de datos se vuelve colosal.
Si esa información alimenta sistemas de análisis predictivo o "gemelos digitales" alojados en centros de cómputo en Asia, la calidad de la ruta internacional deja de ser un aspecto secundario y pasa a convertirse en un factor estratégico.
En este punto emergen dos conceptos clave: la latencia y el jitter. La latencia es el tiempo que tarda un paquete de datos en viajar de un punto a otro; el jitter, en cambio, es la variación de ese tiempo a lo largo de la transmisión.
En aplicaciones críticas, como la teleoperación industrial o la robótica médica, no basta con que el retraso sea bajo: debe ser, además, estable y predecible. Los estándares de telecomunicaciones para automatización remota contemplan latencias extremo a extremo del orden de 50 milisegundos (ms) en entornos locales y niveles de fiabilidad de hasta 99,999 por ciento.
Aunque un enlace transpacífico nunca podrá escapar a las leyes de la física, teniendo en cuenta que la distancia entre Chile y Asia implica inevitablemente cientos de milisegundos de ida y vuelta, sí puede eliminar desvíos innecesarios, reducir saltos intermedios y, sobre todo, disminuir la variabilidad de la conexión.
Hoy, gran parte del tráfico entre Sudamérica y Asia transita por nodos en Norteamérica antes de cruzar el Pacífico, lo que implica para Chile latencias del orden de 300 ms. Esa arquitectura histórica añade puntos de tránsito adicionales a cualquiera de los ocho cables ya existentes, por ejemplo, Mistral y Curie, con capacidades de entre 70 y 130 Tbps. Un enlace más directo no elimina la distancia geográfica, pero puede reducir la complejidad del trayecto y aumentar la previsibilidad de la conexión. Para una empresa que coordina inventarios en tiempo real o actualiza modelos de IA con grandes volúmenes de datos, esa previsibilidad es tan valiosa como la velocidad pura. El proyecto China Chile Express tendría una latencia estimada de entre 130 y 150 ms y una capacidad cercana a 160-200 Tbps.
La telemedicina ofrece otro ejemplo. Una consulta en alta definición puede requerir apenas tres o cuatro Mbps por flujo de video, pero la medicina digital moderna no se limita a videollamadas. Estudios de imagenología pueden pesar desde decenas de megabytes hasta varios gigabytes. Enviar y analizar grandes volúmenes de imágenes médicas en la nube exige ancho de banda sostenido y baja pérdida de paquetes. Cuando además se incorporan sistemas de inteligencia artificial para apoyar diagnósticos, el flujo se vuelve bidireccional: datos clínicos viajan hacia el centro de procesamiento y resultados regresan en segundos. Y un cirujano, humano o robótico, operando desde China a un paciente en la ciudad chilena de Temuco, no puede reaccionar un segundo y medio después, respecto a una incisión que realice en un órgano vital. Un entorno con menos variabilidad y mayor capacidad facilita este intercambio continuo.
Para los CIO, la palabra clave no es "velocidad", sino "redundancia". Depender de una única ruta internacional supone un riesgo operativo significativo. En redes críticas, la resiliencia no se logra acelerando un solo camino, sino diversificando y multiplicando las rutas disponibles.
Cada nueva ruta física reduce la probabilidad de interrupción total y mejora la capacidad de negociar acuerdos de nivel de servicio (SLA) más exigentes. Desde el punto de vista empresarial, más competencia entre carriers también puede traducirse en menores costos por gigabit transportado.
En este contexto, un cable transpacífico adicional entre Chile y Asia no debe entenderse como una declaración ideológica, sino como una decisión de arquitectura de red. Las economías modernas son sistemas distribuidos que necesitan múltiples salidas hacia los grandes centros de datos globales. Así como un puerto no depende de un solo muelle y un aeropuerto no opera con una sola pista, una nación digital no puede descansar sobre una única ruta submarina.
El océano Pacífico es vasto, pero también es el eje del comercio contemporáneo. Chile exporta minerales críticos que alimentan la transición energética y la industria tecnológica asiática. A medida que esos flujos físicos se digitalizan, mediante sensores, automatización y análisis en tiempo real, la infraestructura de datos adquiere la misma relevancia que los puertos y las carreteras.
El milisegundo no es un capricho técnico: es una unidad estratégica. En la economía digital, la independencia no se mide en discursos, sino en la capacidad de elegir por dónde viajan los datos. Multiplicar rutas no es tomar partido; es construir resiliencia en un mundo donde la luz, bajo el océano, sostiene el peso invisible de la prosperidad.
El Departamento de Estado de Estados Unidos informó el 20 de febrero sobre la imposición de restricciones de visa a tres funcionares del Gobierno chileno por "socavar" la seguridad regional, según un comunicado de la Embajada del país norteamericano en Chile.
El 23 de febrero, la vocera del Gobierno del país sudamericano, Camila Vallejo, dijo que la sanción de Estados Unidos contra tres funcionarios del Gobierno de Chile es "arbitraria y unilateral" y la imputación es "totalmente falsa".
(Manuel Reyes-Jara es doctor en Ingeniería de Minas por la Universidad de Chile y académico de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Andrés Bello de Chile)
(Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las posiciones de la Agencia de Noticias Xinhua)








